Diremos que es la posibilidad subjetiva de la proyección en espejo de tal campo en el campo del otro lo que da al espacio humano su estructura originalmente “geométrica”, estructura que llamaríamos de buena gana caleidoscópica – (Lacan, Escritos 1, 2001)

 

Me gustaría plantear la práctica del acompañamiento terapéutico como una estructura caleidoscópica desde la cual se aborda el padecimiento psíquico y sus efectos. Dentro de éstos, la angustia que genera y la refracción de su comprensión estatifican a un sujeto en la imposibilidad de acceder al universo simbólico.

El cuerpo del padeciente se encuentra capturado en un real que no ha sido sancionado, que ha sido tomado por objeto de manipulación de intervenciones psicológicas, psiquiátricas, depósito de fármacos y diagnósticos, contenedor del síntoma familiar y portavoz de la locura.

En estos estados perplejos se inserta el acompañamiento,  a veces casi como el último recurso de intervención que a manera de red se entrelaza alrededor del paciente y su familia para acojer ese peculiar modo de acomodamiento; y en ocasiones es en esa inmovilidad cuando algo alcanza para lanzar una demanda que apela a la presencia de un tercero.

En medio de la saturación que el Otro genera,  el acompañante como punto de partida en el encuentro con el acompañado, percibe con el cuerpo, dejando  permearse por esa “realidad” a la que el sujeto está expuesto cotidianamente.  

El acompañamiento como un conjunto de funciones dinámicas opera en el sentido de producir un intervalo abierto que posibilite el despliegue de esa escena en la que el sujeto se ha jugado a lo largo de su vida, ex-sistiendo para sostener un lugar en el cual ser reconocido aún y cuando éste le ubique en el de enfermo.

El acompañante cava un inter medio entre el paciente y  una historia que amenaza con diluirlo en eso que aparece desde el Otro como una completud, como una totalización que insistentemente irrumpe como delimitando un destino al que habría que llegar para ser definido y ubicado en un sitio, un lugar, que  aunque sea el de “enfermo” ofrece coordenadas y nombra, produciendo una libidinización del padecimiento con la que tendremos que contar.

Siendo el acompañamiento una práctica en la que –entre otras cosas- se propone la restitución de algo que permita un “EN el lazo social”, las dificultades de nuestra práctica se muestran mayúsculas si consideramos que acompañamos acudiendo a la forma en que un sujeto se vincula con los otros y al mundo,  y que se ha conformado desprovista de una palabra que arrive a destino quedando en un espacio de confinamiento.

Así, se trataría de que ése que hasta entonces ha sido segregación en su propia vida, pueda introducirse simbólicamente en el campo del otro;   pero, si el acompañante como otro, es el representante de eso que le ha forzado a la exterioridad y que con su presencia reintroducirá la repetición de un lazo al otro fisurado, desgastado; entonces,

¿Cómo se posiciona el acompañante si de antemano la especularidad recubrirá ese lazo con la agresividad constitutiva que brota del espejo en cuestión?  

“El  ser humano sólo ve su forma realizada, total, el espejismo de sí mismo, fuera de sí mismo”   (Lacan, Los escritos técnicos de Freud, 1981)

Cómo regular ese “un lugar”  si:  “ esta relación erótica en que el individuo humano se fija en una imágen que lo enajena a sí mismo, tal es la energía y tal es la forma en donde toma su orígen esa organización pasional a la que llamará su yo…” (Lacan, Escritos 1, 2001, p. 101)

“Si la relación agresiva  interviene en esa formación que se llama el yo, es porque le es constituyente, porque el yo es desde el inicio por sí mismo otro, porque se instaura en una dualidad interna al sujeto”  (Lacan, Las Psicosis, 1981) 

Si el encuentro se da entre un yo y un otro yo, despertando mociones de destrucción del semejante no sólo por la diada agresiva de la identificación sino porque en ésta dialéctica se pretenda o no, se tiende la superficie justa para la repetición de ese momento pleno de agresión que desata la impotencia de la incompletud, del error, del fallo; constituyéndose la relación al acompañante como vehículo del encuentro con su castración.

Éste es el ingreso a un dispositivo de acompañamiento, no sólo por que de un día al otro, el acompañante ocupa un espacio en el que el sujeto se acomodaba aunque con dificultad, en una soledad lisa que rebotada toda posibilidad de reflejo, sino porque ahora hay alguien que lanza una apuesta que compromete al sujeto con su existencia, convocándolo a algo,  hasta ese momento, una incógnita. 

Digamos que el propósito de la relación analítica de producir una transferencia negativa para evocar el conflicto con las imagos primordiales, en el acompañamiento, debido a la posición, se encara con anterioridad y de su tratamiento y posibilidad de inclusión dependerá la posibilidad de ubicar salidas diversas a la cuestión de la identificación.

Sin lugar a dudas, es tarea del acompañante,  pero también del equipo,  trabajar con la identificación de acompañante a acompañado y visceversa, puesto que el acompañado tenderá a la adherencia al acompañante para borrar toda diferencia y preservar ese lugar libidinizado del “loco o el enfermo” y por otro lado no se puede desubicar que si el acompañante toma un paciente lo hace por razones particulares que se intercalan con su propia subjetividad y con la convocatoria que hace de su locura. 

Lacan en el establecimiento del texto las psicosis por Miller, plantea:  

“el yo humano es el otro, y al comienzo el sujeto está más cerca de la forma del otro que del surgimiento de su propia tendencia. En el orígen él es una colección incoherente de deseos –éste es el verdadero sentido de la expresión cuerpo fragmentado – y la primera síntesis del ego es esencialmente alter ego, está alienada.   El sujeto humano deseante se constituye en torno a un centro que es el otro en tanto le brinda su unidad, y el primer abordaje que tiene del objeto es el objeto en cuanto objeto de deseo del otro” (Lacan, Las Psicosis, 1981, p. 61)

Es de un entramado fino encontrar esa posición  que no obtura, pero no responde, que no rellena pero que anticipa, que no resuelve pero que elabora, que hace semblante pero no engaña, que se presta al amor pero no erotiza, que se presta a la violencia pero no agrede, que permite una cierta adhesión pero no un fundimiento; en fin;  se trata de precisar ¿cuál es ese lugar desde el cuál se puede acompañar sin ser el homónimo del síntoma o la ganancia secundaria del sufriente o el triunfo del hipocondríaco? ¿Ubicarse para escuchar el delirio y no encarnarlo, cómo regular la tensión en una diada narcisista y no atentar a su rompimiento franco, pero sí a su paulatina separación?

Acompañar es ante todo una práctica no estática que a través de un estar no incondicionado pero sí incondicional permita “poder hacer” con los embates de la agresividad algo que pueda construir una vía por donde transcurrir esas mociones antes sofocadas sin la amenaza de la retaliación. 

Hacerse acompañar en acto por una palabra pacificadora que soporte la relación imaginaria, hilvanando un discurso en hebras,  una presencia que elicite el compromiso de un sujeto con su acto pero sobre todo con la posibilidad de hacer sentido en eso que aparece desarticulando al sujeto de la relación con otros.

 “Se trata de vincular al sujeto con sus contradicciones, de hacerle firmar lo que dice, y así comprometer su palabra en una dialéctica… ” (Lacan, Los escritos técnicos de Freud, 1981, p. 335)  en la que la sorpresa del acompañante oportunamente permita incidir en esos abismos que el sujeto le representa para que en su función de testigo acote lo infinito del goce bordeándolo con un zurco nuevo en el cual se pueda inscribir la marca de lo radicalmente diferente, que pueda acojer y reconocer otra manera posible de relación con eso amoroso que introduce la dimensión de la verdad para cada cual.

El acompañante  podrá prestarse a una cierta consistencia a condición de ser temporal y a sostener un espacio en el cual inscribir un nombre en lugar de un calificativo donde un sujeto pueda dar cuenta de sus pasiones y regularlas en favor de su inclusión en lo social.  

Mijal Schmidt Muñoz

 

Bibliografía

F. Manson, G. Rossi, G. Pulice, y otros comp. Eficacia clínica del Acompañamiento Terpéutico, Editorial Polemos, Buenos Aires, 2002.

Lacan, J. Los Escritos técnicos de Freud, Libro 1, Paidós, 2006.

_______, Las Psicosis, Libro 3, Paidós, 2006.

_______, Escritos 1, Siglo Veintiuno Editores, 2001.

Eficacia clínica del Acompañamiento Terapéutico

Rossi, G. Acompañamiento Terapéutico, lo cotidiano, las redes y sus interlocutores,  Editorial Polemos, Buenos Aires,  2007.

 

 

 

 

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